ABOUT THE SIERRA: INDIGENOUS CULTURES:
Norte Indígena Mexicano: Derechos
Pendientes
Aboréachi, Chihuahua, 26 de octubre del 2005.
1.
Indudablemente el de los derechos indígenas
es un tema bastante espinoso en el contexto político
nacional, latinoamericano y mundial actual. En este
escenario, de ninguna manera son de soslayarse los
intensos movimientos sociales y acalorados debates
que por lo menos en las últimas dos décadas
se han verificado en nuestra hoy mundana globalidad, en torno de una situación
que por siglos ha sido transitada –no siempre de manera consciente-- pero
también ha agobiado a la historia de las sociedades y su acendrado particularismo histórico:
sus distinguibles diferencias, sus maneras de hacer las cosas, y sus
preferencias para contar o elaborar sus propios discursos históricos.
Y aquí, en esta al menos “preferible” tonada es por donde
ingresamos, quién sabe si por puerta chica o grande, a un sonado y rotundo desconcierto
de naciones, continentes, bloques, mercados, asociaciones de mercado, corporaciones,
alianzas, guerras, etcétera, y... finalmente indígenas y países
de carne y hueso. Este desconcierto surgió a partir de la segunda guerra
mundial y la adopción de la Carta de las Naciones Unidas.
Para
nadie es un misterio el hecho de que las naciones latinoamericanas
ocupen, algunas más dignamente
que otras por cierto, un papel periférico ante
la ubicación central de ciertas potencias en
el mundo contemporáneo. En unas y otras, sin
embargo, al menos hoy nadie lo podría negar,
la manifestación o las manifestaciones de “lo
indígena, nativo o aborigen” pone en relieve
a los factores étnicos tanto, o en
la misma proporción, como otros componentes
estratégicos de los Estados modernos en lo relativo
a su devenir próximo y, más aún,
a eso que todavía seguimos llamando el futuro
de la humanidad. Como se ha debatido también
muy intensamente y a pesar del uso adoptado aquí,
el término indígena puede emplearse
para referirse a prácticamente todos los sectores
de la humanidad, acaso con la excepción de sus
sectores transeúntes o migrantes. Ciertamente,
las propias naciones europeas que propagaron el colonialismo
son, en un sentido literal, indígenas de sus
propias tierras de origen. De igual modo, las
poblaciones dominantes que colonizaron los territorios
extraeuropeos han creado sociedades que pueden considerarse
ahora como indígenas en relación con
sus nuevos lugares de asentamiento. Puede incluso llegar
a afirmarse que las nuevas poblaciones migrantes están
en proceso de convertirse en parte de la sociedad receptora “indígena”,
o están sentando las bases para crear, con el
tiempo, sus propios lazos “indígenas” con
los lugares a donde han emigrado.
Conforme avanzaba
la construcción del imperio
o el asentamiento colonial a partir del siglo XVI,
los pobladores de las tierras invadidas y subyugadas
llegaron a ser conocidos como indígenas, nativos
o aborígenes. Estas denominaciones --a las que
no ha escapado ninguna antropología e historia-- han
continuado aplicándose a algunas poblaciones
en razón de su ubicación y condición
dentro del esquema de interacción humano impulsado
por el colonialismo. El término indígena en
la actualidad se refiere en general a los actuales
descendientes de los pueblos que habitaban los territorios
antes de la invasión, territorios ahora dominados
por otros. Los pueblos, naciones o comunidades indígenas
constituyen grupos culturalmente diferenciados, enclavados
dentro de sociedades producto del imperialismo, la
conquista y la colonización. En este sentido
son indígenas porque tienen vínculos
ancestrales con las tierras en las que viven, o en
las que desearían vivir, de manera mucho más
profunda y por convicciones culturales diversas a los
otros sectores de población que viven en esas
mismas tierras, o junto a éstas. Además,
son pueblos en la medida en que constituyen
comunidades diferenciadas por una continuidad histórica
de existencia y adscripción que los vincula
con las comunidades, tribus o naciones en las que definitivamente
identifican su innegable pasado ancestral. (Stavenhagen,
1990; Anaya, 2005; ONU, 1986; Warman, 2003.
En
el mundo contemporáneo, los pueblos indígenas
viven generalmente bajo condiciones de gran desventaja
comparativa dentro de los estados que fueron construidos
en torno o a pesar de ellos. Los fenómenos históricos
motivados por la discriminación racial no son
meras injusticias del pasado, sino que se traducen
en desigualdades presentes. Se han visto privados de
vastas extensiones de tierras y del acceso a los recursos
necesarios para la subsistencia, y han padecido el
efecto de las fuerzas que históricamente han
procurado hacer desaparecer sus instituciones políticas
y culturales. Como consecuencia, los pueblos indígenas
han sido discriminados en términos económicos,
sociales y raciales, su cohesión como comunidades
se ha visto quebrantada o amenazada y la integridad
de sus culturas ha sido socavada. Tanto en los estados
industrializados, como en los países llamados
en vías de desarrollo, los sectores indígenas
se encuentran, casi invariablemente, en el último
peldaño de la escala socioeconómica y
existen al margen de la esfera del poder. (Burger,
1987; Assies, 1999) Incluso, los grupos indígenas
más aislados (como en la Amazonía, en
el Ártico o en Australia) se ven ahora amenazados
por una invasión dictada por intereses comerciales,
gubernamentales, o mixtos, ante la perspectiva de acumulación
económica derivada del acceso a los recursos
naturales de estos pueblos indígenas o por consideraciones
de tipo estratégico-militar. La historia se
está repitiendo o amenaza con repetirse en nombre
de la modernización, el desarrollo, la globalización
y ciertas concepciones sobre seguridad nacional ante
un terrorismo genérico, aledaño a los
países en que actúa, pero aún
no claramente caracterizado. (Anaya, op. cit.,
37-76)
2.
No es poca la letra gastada, dentro y fuera de América
Latina sobre los así llamados aquí pueblos
indígenas, esos acompañantes “incómodos” para
el carro en el que viajan los Estados Nación
de la región y sus tan mentados proyectos democráticos,
en especial después de la insurgencia de Chiapas,
México, en enero de 1994 y, recientemente, en
atención a los sucesos políticos en Bolivia,
Ecuador, Perú y en el Chile gobernado por un
socialismo con el que el pueblo indígena mapuche se
debate entre la vida o la muerte. Esto expresa, sobre
todo, un preocupado reconocimiento del impacto político
inmediato que las acciones de los indígenas,
de los conflictos que tales acciones desencadenan y/o
amenazan desencadenar en el resto de la población,
poniendo en riesgo, en cada vez mayor número
de naciones y densidades demográficas, la estabilidad
de los actuales regímenes autodefinidos como
democráticos y la gobernabilidad de poblaciones
cada vez más descontentas porque sus necesidades
son cada vez menos satisfechas, y que están
aprendiendo a organizarse a contrapelo al plantear
demandas inéditas, obviamente para sus dominadores.
Valga decirlo, pero la mayor parte de la literatura
al respecto se refiere, sin embargo, al tema de la
infinidad de discursos (hoy de moda) sobre la cultura,
la multiculturalidad, la “hibridez cultural”,
etcétera; en fin, a la siempre creciente nomenclatura
metafórica de referencia que envuelve a la cuestión
de las identidades para mantenerlas lejos de la cuestión
del poder y las decisiones económicas centrales.
En cambio, son aún incipientes otras líneas
de reflexión e impugnación sobre intenciones
más complejas y de más largo plazo de
las acciones de los actuales indígenas latinoamericanos;
en particular respecto de sus condiciones de vida y
despojo territorial, de otras formas de explotación
del trabajo (como la vulneración de los derechos
humanos, civiles y laborales en los gulag agroexportadores),
de la imposición de imperativos compulsivos
hacia rutas migratorias, del no-reconocimiento a sus
formas de autoridad, y a sus trayectorias de y hacia otras
formas de existencia social, adentro y afuera de sus
originales mapas territoriales.
Así pues,
no han sido suficientemente discutidas dos cuestiones
fundamentales para los pueblos indígenas
en la agenda histórica latinoamericana de hoy:
a saber, su relación con sus respectivos estado-nación
y con el ejercicio de la democracia dentro del actual
patrón de poder. (Quijano, 2004) En América
Latina, por eso, las cuestiones referidas al debate
de “lo indígena” no pueden ser indagadas,
ni debatidas, sino en referencia a la persistencia
de la colonialidad del patrón de poder que impera, y
tal vez, sólo desde esa perspectiva... Así,
la cuestión de lo “indígena” en
el subcontinente, es definitivamente una cuestión
de la colonialidad del poder vigente, en el mismo sentido
(o sin sentido) que las denominaciones relativas a “indio”, “negro”, “mestizo”, “mulato”, “blanco”,
etcétera. (1)
Una sentida
acepción de esa demanda es la
autonomía política y territorial. Empero,
en nuestra era de globalización, en medio de
los procesos de debilitamiento y de desnacionalización
de los Estados, la demanda de estos y de ciudadanías
plurinacionales aparece mucho más complicada
ya que plantea a los pueblos sometidos a Estados producidos
dentro de la colonialidad del poder --inclusive a los
identificados con sus propios Estado-nación,
vr.gr. México-- un serio problema sobre el control
democrático de la autoridad colectiva o pública,
así como las formas en que esta autoridad ciudadana
debería ejercerse o adoptar concretamente (por
ejemplo, la condición indígena, la certidumbre
jurídica de los territorios indígenas,
el patrimonio cultural histórico y
vivo, los recursos naturales y factores ambientales,
los derroteros de la migración, la situación
de la mujer, las nuevas culturas juveniles, el futuro
de la infancia, etc.) Y esta situación en México
es más que evidente al menos en el último
lustro si sólo tomamos en cuenta la situación
del Estado y los indígenas en los actuales tiempos
de la llamada alternancia gubernamental. Y vaya que
sí con mayor claridad: si hasta hace poco sólo éramos
vecinos aparentemente distantes, hoy el país
mexicano tiene ante sí la disyuntiva de tener
o no tener fronteras frente a Estados de naciones ajenas
pero bajo un control imperial, represivo, burocrático,
corporativo y vertical, como que al parecer emerge
con el Bloque Global, subordinado a la hegemonía
de los Estados Unidos. (Hernández, Paz
y Sierra (coords.), 2004; Quijano, op.cit.;
Clavero, en Anaya, 2005: 15-22.
3.
La fórmula de creación de la Nueva
España
se ha constituido ya en un claro ejemplo de enfrentamiento
histórico cultural universal. En particular,
la ocupación europea del actual territorio norteño
de México tuvo características y patrones
que la hicieron distinta al proceso seguido en el centro
y el sur del mismo. La conquista del septentrión (denominado
después Nueva Vizcaya, etc.) significó el
avasallamiento de una población que obedecía
a una matriz cultural distinta a la enfrentada (un
siglo antes) en las regiones localizadas y demográficamente
concentradas en el centro y sur del México contemporáneo.
Nómadas, seminómadas, cazadores y recolectores,
agricultores de maíz sedentarizados y semisedentarizados,
al mismo tiempo que bandas guerreras, pululaban en
este extenso territorio. Éste, como bien se
observa, ya formaba un corredor geográfico
y un conglomerado étnico, demográficamente
disperso, producto de un “arnés”/nudo
cultural específico, (2) en cuyo hábitat
se desarrollaron los principales grupos productores
de maíz en el actual Norte de México,
representativos del área cultural árido-oasisamericana,
(3) algunas sobrevivientes en nuestros días
y hablantes en buena pero no única proporción
de la familia lingüística utonahua. (Miller,1983;
López Cruz/Moctezuma Z., 1994.
Cuando
los europeos llegaron a esta región
encontraron –según estimaciones inciertas
de la demografía histórica—a más
de 200 mil indios y al menos 45 grupos étnicos
diferenciados que practicaban alrededor de 20 idiomas.
Este somero perfil se complica aún más
dado que el conjunto étnico al que aludimos
padeció también de la conquista anglosajona
(Spicer, 1964, 1980; Weaver, 1992) y su posterior expansión,
que dio origen al territorio actual de Estados Unidos.
Asimismo, en él persisten ancestrales tradiciones
culturales de movilidad territorial, penetración
de las acciones misioneras, repoblamientos de origen
colonial y migraciones contemporáneas estacionales
(y también definitivas) que, indudablemente,
han sido acicateadas por los “ciclos de contacto” civilizadores.
A diferencia de otras situaciones de desarrollo en
el norte de México (como la severa evangelización
abanderada por jesuitas y franciscanos en los albores
del siglo XVII, la explotación minera colonial,
republicana y hoy sin ambages neoliberal, (Jong, 2005);
la diáspora del pueblo yaqui, la extinción
y exterminio de varios grupos indígenas, la
construcción de los ferrocarriles a principios
del siglo XX, la depredación sistemática
del bosque conífero y de encino, (Cosyddhac/TCPS,
2,000) la sostenida ganadería intensiva y extensiva,
los cultivos dedicados a la siembra de estupefacientes,
la proliferación del narcotráfico, la
introducción de prácticas indigenistas
y de reparto agrario como resultado de la Revolución
Mexicana, aunadas al ahora casi exclusivo modelo “maquilizador” de
desarrollo industrial), en nuestros días sucede
que, en la medida en que se estrechan los contactos
necesariamente desiguales entre sociedad nacional y
sociedades indígenas, se amplían, especifican,
optimizan, recrean y profundizan las diferencias étnico
culturales. (Urteaga, 1995)
4.
El norte de México, incluida su población
indígena, mantuvo y mantiene la imagen de una
región “bronca” y “bárbara”.
Estos serían los rasgos notables en el carácter
e idiosincrasia cultural achacable a un aislamiento
muy poco interpretado. Si bien la rebeldía fue
un síntoma notable a lo largo del proceso de
conquista y después de ella (por ejemplo durante
la Colonia y la Revolución), bárbaro
y barbarie no han terminado por adquirir sus dimensiones
reales, tanto en la historia como en el presente inmediato:
tal parecería que ésta solo es posible
aplicarla en su acepción india, esto es, al
otorgársele un valor negativo y por qué no
decirlo, racial, en relación con un supuesto
polo positivo, la civilización. Ergo, los indios
del norte son identificados con el atraso y eslabón
de la cadena de obstáculos de una presumible
característica “innata” de lo norteño
no indígena: el espíritu de empresa.(Almada,
1938; Fuentes Mares, 1954; Jordán, 1953; Lister,
1979, Sariego, (coord), 1998, etc. Y, al respecto,
vaya que si hay héroes no indígenas de “la
guerra” contra los indios. (Orozco, 1992.
La
antropología mexicana esbozó en
su momento los rasgos culturales de los grupos indígenas
norteños como distintivos de otras matrices
culturales, de otras relaciones con la naturaleza y
de acervos simbólicos al menos tan complejos
como los correspondientes al área estrictamente
mesoamericana o las culturas andinas, por ejemplo;
también el sino de las relaciones interétnicas
y las peculiares formas de inserción de
estos grupos indígenas en el modelo social hegemónico
regionalmente establecido. Una simple formulación
exenta de centralismo hubiera marcado pautas para diseñar
un indigenismo que si bien respondía
en ese entonces a muy reales exigencias políticas,
no tenía porqué ser único y mucho
menos el único posible. En efecto, en la agonía
de los años 40 del siglo pasado, en el conocimiento
antropológico mexicano estaban ya señaladas
la ubicación y límites de los territorios étnicos
correspondientes a las regiones indígenas relativas
al norte de Mesoamérica: toda la “gran
chichimeca” en el norte del actual México
y el sur de los Estados Unidos; e incluso, la posibilidad
de diseñar para ellos prácticas diversificadas
de lo que hoy se denomina antropología aplicada
o del desarrollo o, bien, política cultural
de intervención pública... Como bien
se sabe no fue así. Los ideólogos de
la aculturación integrativa no hicieron otra
cosa que igualar un modelo de desarrollo proyectándolo
a dimensiones nacionales, diseñado –ojo--
con base en la idealización de una sola matriz
cultural: la mesoamericana. (Kirchoff, 1943; Gamio,
1922; Basauri, 1929, De la Peña, 1946, Saénz,
1939; Plancarte, 1954; Aguirre Beltrán, Romano,
et.al., 1962; Spicer, 1962; Sariego, 2002, etc.) Sin
embargo, hay que reconocer que salvo honrosas excepciones,
(González Rodríguez, 1982, 1987; León
G., 1982; Urías,1994, etc.) la investigación
antropológica e histórica mexicana ha
preferido ignorar los territorios indígenas
del actual norte de México, abriendo así,
por omisión un arriesgado flanco de supresión
cultural; a diferencia de las tradiciones intelectuales
mexicana, norteamericana y de otros países que
no sólo se limitaron al “great southwest”,
(Braniff, 1985; Radding, 1995, Roca, 1979, etc.) sino
que han intentado abarcar la totalidad del corredor
cultural que se prolonga por la Sierra Madre Occidental
y por el actual Noreste mexicanos. (Alessio Robles,
1946; Deeds, 1985, 1989, 2001; Cuello, 1990; Kennedy,
1990; Powell, 1952; West, 1949; Weber, 1982; Martinez,
2001, etc.
5.
Ya no es misterio afirmar hoy que las políticas
nacionales se han encargado de destacar la organización
social indígena y el ámbito de su territorialidad
en el norte de México sólo en relación
con las festividades y a una folklorización
de las mismas, (Instituto Nacional Indigenista/Secretaría
de Desarrollo Social, 1995), a un peculiar “sistema
de educación bilingüe”, (Valiñas,
2001) y a la persistencia de un modelo público
y privado de filantropía social, pero
nunca de respeto o reconocimiento explícito
a los grupos indígenas en tanto sistemas que
gestan y gozan de funciones delimitadas de liderazgo,
delegación de autoridad y ejecución de
funciones autónomamente; mismas que
posibilitan importantes rangos de cohesión,
permanencia, resistencia, movilidad y potenciación de
los grupos indígenas vivos. Vamos,
de un complejo conjunto de “derechos invisibles” que
gozan de cabal salud, como el que tiene que ver con
el ave/estrella fugaz que vuela bajito por
los arroyos cuando éstos no están secos
como ahora por la sequía. (Urteaga, 2004; Clavero,
en op. cit.)
La población india del norte de México
tiene varios siglos tratando de acomodarse a las constantemente
cambiantes relaciones interculturales en una situación
de colindancia móvil, agresiva, segregadora
y cargada de equilibrios inestables. Su vocación
a la transformación y a la llamada “gentilidad” es
ya, desde hace mucho, una tenaz estrategia cultural
no menos heroica que cualquier otra: cambiar para permanecer.
(González Rodríguez, 1994; Deeds, 2001)
Por ello, una radical y nueva visión política
debe ser planteada como terreno ineludible para el
establecimiento de un necesario, urgente marco cultural y
de derecho --nacional, internacional y documentalmente
actualizado-- que reconsidere las diferencias socioeconómicas,
amplíe el reconocimiento de la gama de pertenencias étnicas
e identifique a las nuevas identidades y las condiciones
de riesgo de soberanía cultural y nacional en
que se ha relegado a los grupos indígenas originarios
y migrantes vivos en el actual norte de México.
Todos estos elementos implican la necesidad de reinsertar
sin chauvinismo este complejo escenario social en el
debate mayor sobre territorio, frontera,
soberanía, identidad y cultura nacional.
Así las cosas, a nadie debería sorprender
el inusitado crecimiento de la población indígena
en los estados del norte de la República en
los últimos 20 años, (4) la creación
de asentamientos urbanos en las principales ciudades
de estos y sus locaciones fronterizas, el binacionalismo
(formal y no formal) de contingentes parentales en
ambos lados de la border, el renacido espíritu
de movilización identitario de los
y las jóvenes indígenas, la reconstrucción
y reificación de instituciones de gobierno tradicional
en los nuevos escenarios de la economía sin
fronteras, la complicada pero actuante custodia de
sus derechos lingüísticos y los también
a primera vista frenéticos procesos de reanimación
cultural y de salvaguarda de territorialidades y recursos
naturales indígenas aparentemente ya superados
por el proceso de Reforma Agraria y de legislación
ambiental, incluidas sus brutales rectificaciones neoliberales
provocadas por la modificación al artículo
27 de la Constitución, como el Procede.
Esta nueva oleada de protagonismo social indígena
arranca, paradójicamente, de una originaria “dotación
sagrada” de sus territorios; de un juarismo ya
interiorizado por el imaginario social indígena
y, ahora sí, de un nuevo escenario de confrontación
en donde las porciones del territorio ancestral se
disputan palmo a palmo. (5) “Lo que era antes
ya no es... pero se parece tantito”, como dijo
Francisco Palma (un incisivo pensador rarámuri)
en una noche de luna madura cuando el otoño
de 2003 iluminaba reflexiones sobre este peliagudo
tema.
En todo caso, la redefinición
de la cuestión
nacional, de la democracia política, de los
territorios indígenas y de la necesaria gobernabilidad
cultural en términos realmente plurales aparecen
ahora como las implicaciones más profundas,
de mayor alcance y de mayor potencial conflictivo en
esta irrepetible región indígena –quiérase
o no- fronteriza de laAmérica
Latina. Se trata del desafío más importante
que le haya surgido al patrón de poder marcado
por su añeja colonialidad. Éste, no nos
olvidemos, se originó aquí en América
y también aquí está entrando en
una decisiva y muy aguda crisis.
NOTAS:
(1) “El término
es relativamente vago y difuso, debido seguramente a la
fuerte carga política que contiene. Tradicionalmente
y con mayor frecuencia se aplica a naciones capitalistas
en sus relaciones de dominación respecto a otras
menos desarrolladas. En la actualidad, “el
término se refiere a un estado de inferioridad o
de servidumbre experimentado por una comunidad, país
o nación en situación de subordinación
política y/o económica y/o cultural por otra
comunidad o nación más desarrollada.” Diccionario
UNESCO de Ciencias Sociales, Barcelona, 1987. Tomo I: 440
y ss.
(2) “Conjunto de
armas defensivas de acero que se vestían asegurándolas
con correas y hebillas. Guarniciones de las caballerías”, Diccionario
Porrúa de la lengua española. México,
Ed. Porrúa, vigésimo quinta edición,
1984: 59. Harness: “... for keeping sb/sth
in place, a parachute... to produce power.” Oxford
Learner’s Pocket Dictionary. Oxford University
Press, 1991: 191.
(3) Desde la idea fundamentalista
de la creación del Estado Nacionalista Revolucionario
en México, (1910-1917?) el territorio nacional fue
asociado definitivamente al saldo social de restitución
de tierras a sus originales posesionarios: a quienes
dieron la vida (o sobrevivieron) en pro de concepciones
culturales sobre el territorio y sus recursos ambientales
y que, en parte, fueron compensados a través de
un tortuoso y burocrático proceso de Reforma Agraria,
tal vez único en América Latina, y que tuvo,
en relación a las regiones del territorio mexicano
de hoy muchas peculiaridades en su aplicación, especialmente
en las zonas indígenas. (Warman, 2003) Tal
vez así, “no es de extrañar que desde
la etnología se hable [ahora] de un “difusionismo
de segunda generación”, que mantiene una “transnacionalización
de Mesoamérica” transportada en la constitución
esencial, simbólica, de los indígenas que
emigran a los Estados Unidos, con su cultura a cuestas.
La reinterpretación transnacional que hace este
difusionismo redivivo puede ser todo lo discutible que
se antoje, pero también deja saber a las claras
que no es una teorización muerta.” Luis Vázquez
León, El dulce encanto del difusionismo arqueológico.
El caso pendiente de México y Perú en la
antigüedad. Ponencia en la Feria Internacional
del Libro, Guadalajara, 2-3 de diciembre, 2005, ms.:3.
(4) Incluyendo a la población
de 0 a 5 años, la población indígena
contabilizada por el INEGI en 1990 en los estados de Baja
California, Coahuila, Chihuahua, Durango, Nuevo León,
Sinaloa, Sonora y Tamaulipas, ascendió de 234, 666
habitantes a 353,353 habitantes en el año 2000.
Son considerables los rangos de crecimiento demográfico
indígena en Baja California, Chihuahua, Nuevo León
y Tamaulipas. Fuente: Anuario Estadístico por Entidad
Federativa, México, 2004, INEGI.
(5) Casos, Pueblo Nuevo,
Odam/Tepehuano,Durango, 2003/4; Coloradas de la Virgen,
Rarámuri, Chih., 1980/2005; San Ignacio de Arareco,
Rarámuri, Chih., 1934-2005; Pino Gordo/Choreachi,
Rarámuri, Chih. 1934- , San José Baqueachi,
Rarámuri, Chih., Malanoche, Odame/Tepehuano, Chih.,
etcétera. |