ABOUT THE SIERRA: INDIGENOUS CULTURES:
OREMÁ: Estrella Fugaz
AUGUSTO URTEAGA CASTRO POZO
CENTRO INAH-CHIHUAHUA.*
Chihuahua, CHIH., junio de 2003.
En mis ya largas peregrinaciones por la sierra llamada Tarahumara, en los años de 1994-95, puse atención a unos relatos que había escuchado desde hacía mucho tiempo pero no los ubicaba en mi marco de atención: el problema del poder y quienes lo ejercen así como los componentes de un sistema tradicional y no escrito del gobierno indígena. Estos relatos tienen que ver con el equilibrio que las personas rarámuri deben de guardar con las plantas que cuidan sus llamadas almas y espíritus y también con piedras que adoptan diferentes formas principalmente en forma de aves. Si bien la información básica proviene del ejido Panalachi (Banalachi en idioma rarámuri), municipio de Bocoyna; la he podido constatar en otros muy cercanos como Rejogochi y Samachique; otros más o menos cercanos como Aboréachi en el mismo municipio de Guachochi y en otros muy lejanos como el de Pino Gordo (por cierto perteneciente a la población indígena rárámuri no bautizada) en el municipio de Guadalupe y Calvo.
Más allá de las distancias, me atrajeron en estos relatos vivos e históricos los poderes que adquieren los llamados espíritus malos en manos de los hechiceros o brujos (sukurúame) y los que, por otra parte, adquieren los médicos buenos y protectores (owirúame). Sin embargo, los poseedores de estos poderes siguen guardando con estricto sigilo la sabiduría que sobre estos espíritus del mal así como la defensa de los individuos ante estos maleficios. Es decir, así como unos ocultan a los seres del mal otros defienden a las presumibles víctimas de estos, de tal suerte que se logra establecer un equilibrio, inestable por supuesto, entre quienes hacen el mal (demandando las almas de una persona “hechizándolos”) y quienes conocen a los victimarios y sus herramientas y pueden evitar mediante técnicas propiciatorias sus efectos en las personas de carne y hueso. Estos relatos me interesaron en tanto demuestran verdaderas batallas en el que enfermar/curar, salvar o morir constituyen un verdadero escenario político.
Oremá/Oremaka
Cuentan que es un ave de tamaño pequeño, aproximadamente como un cuervo, o bien una guacamaya de varios colores en los que predomina el rojo, o también como una paloma del color del arco iris y con plumas muy llamativas por su brillantez y luminosidad. Hoy en día sólo se recuerda los movimientos de estas aves celestes y las figuras que adoptaban al ir a realizar el mal, el leve recuerdo de las personas dañadas, la muerte de las mismas y de los “soldados” con los que el buen owirúame pretendía impedir el mal en quienes estaban “hechizados”. En comparación de “hace mucho”, y muy de vez en cuando, se miran en los cielos las estrellas caer y los cometas. Y aunque todos consideraban que aquello era de mal augurio (porque implicaba necesariamente la muerte de un ser) hoy se relaciona con la destrucción masiva de los árboles y que al topar estas estrellas con la tierra se ha secado gran parte del área verde habitada por los indígenas rarámuri: de ésta forma se puede anunciar la sequía no de uno sino de varios años y las malas temporadas en la agricultura. Se cree, ahora, que estos espíritus no alumbran y hacen daño al bosque porque ya no hay agua en los aguajes, en los manantiales ni en los arroyos (bajichi). Sin embargo, efectivamente la creencia, el conocimiento y el convencimiento de que estos seres volátiles son realmente existentes garantiza la existencia de esta también lucha por el poder político en donde cada uno y cada una de los rarámuri asume un rol a todas luces protagónico.
Efectivamente, el oremá (singular), oremaka (plural) son aves preparadas, a través de alimentación y cuidados especiales, por los hechiceros del mal (sukurúame) y son orientadas para realizar actos malignos en personas determinadas la más de las veces por envidia y rencillas propias de la vida comunitaria. Su presencia puede ser detectada en los arroyos a donde la gente acude para lavar sus trastos domésticos, su ropa o simplemente asearse. En las orillas y piedras se observan los restos del estiércol de este animal que es de color amarillo/naranja. En estos lugares, o en las cuevas cercanas, habitan los hechiceros que son capaces de alimentar toda clase de alimañas malignas como el oremá, ratoncillos y víboras de diversos tamaños que se encargan de “atrapar” a los seres perdidos (frecuentemente niños y niñas) y a toda persona “asustada” que es atrapada por el agua y dirigida hacia esas cuevas o fuentes en donde brota el agua (bawí). El llamado oremá es considerado actualmente hermano o pariente cercano del rusíware (plural de “alimaña de ser fabuloso”).
Las diferentes formas en que es descrito este animal comprenden prácticamente todas las regiones de la sierra Tarahumara, incluso y como dicen los propios rarámuri, hasta los tepehuanos (odame) que habitan en el municipio de Guadalupe y Calvo lo conocen. Pero el juego de poderes que esta inmerso en estos relatos es muy semejante. Cuando un oremá atrapa un alma produce un ruido singular, la lleva a una cueva muy grande y allí la encierra; es más, se puede escuchar, también de manera peculiar el ruido que provoca cuando “cierra” la puerta de la cueva en donde queda atrapada el alma. Esta auténtica “bola de fuego” voladora tiene un pecho luminoso y de su cola brotan gotas de fuego; sin serlo, también parece un gavilán errante por el monte y que cuando atrapa un alma lo hace desgarrando el corazón de la víctima y se lo lleva sangrante entre las garras, aunque muchos afirman que sólo se observa la brillantez y luminosidad del ave o bien que sólo pasa volando muy rápidamente. Finalmente, y cuando la víctima es protegida por un owirúame entendido en estas malignas artimañas (es decir, más poderoso que el que hizo el daño), el ave es cazada por las horquetas infalibles de los niños que suelen jugar por los arroyos...
Este ser viaja durante la tarde cuando el sol de pone o por las mañanas antes del amanecer y su regreso se produce una vez transcurrido un día completo. Por esta situación, se recomienda nunca dormir boca arriba cuando se hace en el monte o cerca de los arroyos, ya que el oremá ataca directamente al corazón. La persona dañada es aquejada por el mal entre tres semanas hasta dos meses y puede morir si no es atendida a tiempo. Los tipos de enfermedad varían pero entre las que son frecuentes se encuentran padecimientos en los pulmones (tuberculosis), asma, nauseas, bronquitis, falta de apetito, susto, visiones extrañas, fiebre, pérdida de toda la fuerza corporal y paro cardiaco. Como son animales cuidados por hechiceros dueños de ellos se les suele ofrecer tesgüíno, alimentos especiales como carne de chiva, pollo y los cantos y bailes correspondientes cuyas características son celosamente guardadas por quienes los practican. Lo que sí es claro en todas las versiones del relato es el hecho de que si la víctima fallece quien le hizo el mal le sucede lo mismo tarde o temprano.
Las Versiones
- 1) “Hace mucho tiempo, cuando yo era niño veníamos bajando a pie para Sojáhuachi (ejido de Palachi), desde Sisoguichi por un callejón donde está la Cruz; era en la tarde y venía con mi papá, mi mamá y mi abuelo... pos esa vez vimos un oremá que salió por el rumbo de la casa de un señor Angel Fierro y pasó arriba de nosotros, medio despacio. Entonces fue cuando mi abuelo me dijo muy quedito: mira-mira ya lleva el alma (alewá), es de una mujer sí, sí ya la lleva. Lo recuerdo mucho aunque yo estaba muy chico en ese entonces; pasó por arriba de nosotros muy bajío, o sea no iba muy alto pues no pasaba más arriba de los cerros: era como una lumbre con una cola no muy larga; delante de esa cola parecía una mujer blanca, pos era el espíritu de la mujer, pero lo demás era rojo como la lumbre... Y decía mi abuelo sí-sí va derechito a la casa de Fierro pues allí hay manantial, yo creo que allí vive, ya se oyó muy fuerte... Pos entonces me tocó verlo, pos recuerdo que se oyó bien recio, como un trueno, como el rayo cuando cae... pos le digo como un rayo se para en los pinos/u’ki wiliba, muy fuerte truena”.
- 2) “Recuerdo una vez cuando trabajaba con mi papá en el arroyo de Wiguriachi, cómo llovía esa vez, casi toda la noche llovió. Todavía estábamos acostados junto a una lumbre; mi papá me acostó al ladito de la lumbre... sería como en el mes de julio pues llovía mucho; estábamos bien mojados, teníamos sólo una cobijita y estaba bien empapada y escurriendo el agua. Eran como las seis de la mañana, yo todavía estaba acostado cuando mi papá me despertó y me dijo: mira, mira lo que va allá arriba. Era una bola más o menos grande, tenía una cola larga que iba chorreando lumbre pero la lumbre no llegaba a caer en la tierra; haga de cuenta como cuando uno prende hule y se ha fijado que le caen una gotas prendidas de lumbre, pues haga de cuenta como eso. Esa cosa roja volaba por abajito del río, ya que allí son muy altos los cerros... y se fue por el arroyo pa’abajo haciendo curvas ya que allí el arroyo es muy curvoso, pues se fue por todo el arroyo hasta llegar al otro lado... Era una bola roja muy relumbrante, adelante en el pecho alumbraba más, pero era de color más bajito, como amarillo y siguió por allá donde hay un bajío; nomás tronó muy recio, bien fuerte como un trueno, algo así. Pos recuerdo bien que mi papá me levantó para que lo viera y yo no tenía miedo pos allí estaba mi papá...”
- 3) “Una vez que estábamos en Santa Clara cuando yo todavía no me casaba, recuerdo que est´´abamos junto a unos corrales de vacas, encerrando borregos como de ahí de junto estaba el corral de las borregas; estábamos yo y una prima encerrando las borregas, todavía vivía mi mamá y esa tarde estaba con nosotros cuando el sol ya se había metido. Fue cuando conocí al oremá, tenía forma de una mujer montada en una escoba, con una cola larga parecida a una escoba, pero la mujer iba montada en una escoba... muy fea y roja-roja, chorreaba sangre por delante de ella, el pecho era casi blanco pero se distinguía bien la mujer, pues recuerdo que decía mi mamá “yo creo que ya viene de hacer un mal, seguro qué más puede haber hecho...” Pasó por arriba junto al cerro de la otra banda (del arroyo) hasta llegar al bajío que estaba allá abajo; nomás tronó bien recio y no se notó en donde cayó... O sea no se nota, no deja huellas pos porque son del agua, ellos viven en el agua y sólo salen cuando van a hacer un mal, salen cuando les hacen comida... dicen que son hermanos del rusíhuare. También me acuerdo que muy poco después murió una señora que vivía al otro lado de donde salió el oremá: eso hace el oremá, es muy malo pues luego se murió la señora, no duró ni tres semanas...”
- 4) Eruvijes se despertó como a la medianoche en su propia casa y rodeado de su familia. La solemnidad de la noche de Aboréachi era completa después de la lluvia que había caído por la tarde. Vomitó presa de las náuseas y cuando intento incorporarse no sintió ni sus piernas ni sus brazos y sólo pudo revolverse para llamar la atención de su mujer. No podía hablar y sólo farfullaba incoherencias. Su mujer fue por los vecinos más cercanos: Luis y Santiago acudieron al llamado y constataron que Eruvijes estaba tendido en el piso y no podía expresar lo que en esos momentos le aquejaba. Alarmados, Luis y Santiago corrieron a la casa de Lola y Féliz ya que en ella se alojaba una partera y antropóloga norteamericana a la que le habían endilgado la fama de ser enfermera. Con ella y todos los demás, así como varios vecinos que ya se habían enterado acudieron en auxilio de Eruvijes.
Si algo distingue a Eruvijes –a quien conozco desde hace más de diez años—es su fortaleza, que no su corpulencia y su entrega al trabajo (we nochame), así como sus capacidades para el liderazgo (fue segundo gobernador y en el momento de aquejarle la enfermedad era ya mencionado como próximo siriame, es decir primer gobernador) y es considerado definitivamente una persona de respeto. Fuera de gripes, resfriados y ciertos momentos de tristeza, Eruvijes nunca había sufrido algo semejante... Después de acomodarlo en su cama y darle una bebida caliente de hierbabuena pudo balbucear entrecortadamente: “soñé con un pájaro rojo...” Los siguientes días fueron de desasosiego total hasta que sus preocupados parientes y amigos cercanos decidieron trasladarlo a la clínica rural más cercana que se encuentra a 18 kms, por camino de terracería en el poblado de La Laguna habitado mayormente por mestizos. Después de las aspirinas de rigor occidental y los analgésicos del llamado “cuadro básico del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), Eruvijes y su familia optaron por retornar al pueblo cabezal del ejido rarámuri de Aboréachi con la única finalidad de consultar al owirúame principal de este territorio indígena mitad bautizado y mitad gentil o cimarrón.
Mientras tanto, y en medio del alboroto ya de todas las rancherías, unos niños recorrieron el arroyo que atraviesa Aboréachi hacia arriba y en donde quedan los restos de un presón construído por el ex Instituto Nacional Indigenista (INI) allá por los años 60. Y entre burlas y veras descubrieron un pájaro rojo que volaba muy despacio entre una y otra banda del agua contenida: ni tardos ni perezosos arremetieron en contra de él con sus resorteras o ramaleras hasta que dieron en el blanco que buscaban. Acto seguido, y una vez muerto el extraño y para ellos desconocido pájaro, lo trasladaron orgullosamente hasta la vieja iglesia de la ranchería en donde todos pudieron observar –incluida la antropóloga en turno—al ave roja con la que había soñado Eruvijes y era causante de sus daños. El owirúame ya había tomado el caso en sus manos y se hizo cargo de la protección del paciente quien en un lapso aproximado de tres semanas apareció en público muy campante y totalmente repuesto. Eruvijes llegó a ser isirígame o primer gobernador y hasta la fecha goza de cabal salud.
¿Final?
Hoy en día sólo encontramos los recuerdos y las vidas de las personas que han visto a estos seres durante los tiempos en que fueron y son usados. Los herederos de estos poderes curativos y nocivos han quedado guardados por los más poderosos, los médicos, los doctores o curanderos que surgieron después de la herencia que les fue donada por sus antepasados y estos elementos son sólo una historia de las posibilidades de cómo se vive la historia de todos los días, pues todo lo quehacer hoy únicamente lo guardan ellos. El aparente conocimiento perdido sobre el buen o mal uso de estos seres se vio mermado por la incesante explotación comercial de los bosques y el predominio de la sequía en los bajíos y manantiales.
Los rarámuri actuales han perdido –si así se puede decir—los grandes valores de los owirúame y gran parte de sus prácticas. El saber de los ancianos “brujos” o sucurúame se ha mantenido por descendientes que heredaron también la importancia de saber curar y manejar este tipo de animales que antes, mucho antes, sólo constituían un apoyo a la llamada medicina tradicional indígena. Celosamente estos conocimientos se ha guardado y constituyen los elementos básicos de la lucha interna de tarahumar contra tarahumar, a pesar de los intentos de las órdenes religiosas y de otras agencias gubernamentales llamadas de desarrollo por prohibirlos y coartarlos.
Dentro de cada familia se conoce lo que es cada una de estas medicinas, las ceremonias concomitantes, sus rituales específicos y el baile y el canto adecuados para cada situación. Sólo quienes los conocen saben qué es cada cosa y para qué es; ahora podemos encontrar otras formas de hacer el mal, de curar, de luchar los buenos contra los malos; los owirúame contra los sucurúame. Sus “luchas”, saberes, males, embrujos y curaciones constituyen todavía ese lado oscuro y aún no revelado de las culturas indígenas de la sierra Tarahumara. Es cuando aparece el indígena cimarrón, ese fugitivo de toda modernidad.
NOTA:
Este relato de relatos fue captado en diversas comunidades y pueblos indígenas de la sierra, en diferentes momentos y circunstancias. Algunos pueblos son citados y otros no y la identidad de los informantes ha sido rigurosamente controlada. Con todo, no está demás mencionar de utilidad la lectura de Lumholtz, Carl, Unknown México. New York, Charles Scribner’s Sons, 1902 (El México desconocido. México, INI, 1986); Wendell Bennett y Robert M. Zing., Los Tarahumaras. México,INI, 1978 (University of Chicago Press, 1935); Andrés Lionnet, Los elementos de la lengua tarahumara. México, UNAM, 1978; Luis González Rodríguez, Tarahumara: la sierra y el hombre. México, SEP/ochentas, 1982; Margot Heras Quesada, Identidad y continuidad rarámuri. Tesis Licenciatura en Antropología. Chihuahua-México, ENAH, 2000; Jerome M. Leví “La flecha y la cobija.Codificación de la identidad y resistencia en la cultura material rarámuri”,en Claudia Molinari y Eugenio Porras (coord.) México, INAH-Gobierno del Estado de Chihuahua, 2001; William Merrill, Almas rarámuris. México INI, 1992; Augusto Urteaga Castro Pozo, “Aspectos culturales del sistema político indígena rarámuri”, en Esteban Krotz, El estudio de la cultura política en México.México, CONACULTA-Ciesas, 1966; ibid., “La legislación sobre el derecho indígena y la territorialidad comunitaria en la sierra Tarahumara”, en op.cit., México. INAH-Gobierno del Estado de Chihuahua, 2001. |